No tengo internet
así que estoy escribiendo esto en un documento Word a las diez de la mañana
para matar el tiempo. Ni ganas de modificarlo cuando me vuelva el internet y lo
pueda publicar.
En la vida
siempre pasa algo que nos saca de la nube de pedos en la que vivimos
usualmente. Dicho acontecimiento me sucedió la semana pasada cuando me enfrenté
a mi miedo más grande: turno con la nutricionista.
Mi miedo venía
desde hace muchos años. Cuando tenía seis o siete mi madre me llevó a un
control con la pediatra, que estaba en Pangea más o menos, y la mina encima era bastante
ortiva; igual la entiendo, porque atender críos todos los días para ganarte la
vida te debe romper las pelotas, yo no lo haría ni en pedo; pero yo a esa edad
era un amor (era). Bueno, resulta que la mina me pesa y me grita “AGUSTINA, ESTÁS RE GORDA” y básicamente me cagó la infancia, porque yo hasta
ese entonces no tenía noción de la forma de mi cuerpo, sólo me importaba ir los
fines de semana a lo de mis abuelos a ensuciarme y hacer tortas de barro y
paltas. Desde ese entonces me empecé a preocupar y a decirle a mi mamá que no
me diera de comer; ella me dijo que me deje de joder y me cambió de pediatra.
Tampoco estaba RE GORDA, estaba excedida en dos kilos; además la doctora esa de
mierda no era una modelo así que no genere traumas en los pibes la puta madre.
Un par de años
después se murió mi vieja y empecé a vivir la maravillosa aventura de convivir
con mi padre, que era un chabón que no sabía nada de nosotros y las únicas
veces que estaba en la casa era para dormir. Como su frase de cabecera era
“estamos en economía de guerra”, nos daba de comer lo más fácil y barato:
panchos y hamburguesas, todos los días. Estaba muy ocupada sufriendo como para preocuparme por
lo que comía, y además me lo tenía que bancar porque era eso o cagarte de
hambre.
Después de ese
horrible año por fin vine a vivir de nuevo con mis abuelos, y quien cocinaba
era mi abuela, una señora que te critica por ser gorda pero te sirve platos muy
abundantes sin darse cuenta. Todo esto coincidió con Mi Primera Depresión y la
comida se convirtió en mi mejor amiga. Todo lo solucionaba con morfi, y ya
sabía que estaba hecha un tanque de guerra pero no me importaba; además estaba
harta de todos los giles que me decían “así nadie te va a dar bola” o sea
aunque pese treinta kilos voy a seguir siendo horrible y además para qué quiero
que alguien me de bola, no?
Todo ese choclo
que escribí para contar mi historia con la comida; ahora vamos a la
nutricionista. Me atiendo en un lugar que se llama “La tercera edad”, o así le
dice mi abuela, y estaba rodeada de viejos. Todos me venían a preguntar si
sabía a qué hora venía el doctor Ernéstor o cómo sacar turno con la doctora
Pepita pensando que yo era recepcionista. Después de esperar como una hora me atiende
la mina, yo estaba cagada en las patas, teniendo asumido que ni bien me viera
me iba a re cagar a pedos. Nunca me equivoqué tanto en la vida. Primero que la
chabona es un amor, que te habla despacio para que entiendas bien lo que te
quiere decir; y segundo que es hermosa (sí, me enamoré de mi nutricionista). Me
fui guardando el papel con la dieta que tengo que seguir como si fuese un
tesoro; y en mi casa lo leí y me quise morir.
Primero que nada,
tengo que desayunar, cosa que habré hecho dos veces en la vida. Yo le dije “no
desayuno nunca”, pero no le aclaré que es porque duermo como un perezoso hasta
las once. Y si no durmiera tampoco lo haría; cuando iba a la escuela a la
mañana traté de desayunar las primeras dos semanas y dejé de hacerlo porque me
caía pésimo. Recién hoy volví de llevar a mi hermano a la escuela y en vez de
ir a tirarme me quedé al lado de la estufa tomando un té de manzana con dos
tostadas pedorras, hasta ahora no sufrí consecuencias.
Segundo, me dijo
que coma mucha ensalada, que para mí es una asquerosidad, odio las verduras y
lo haré toda mi vida, de sólo oler una ensalada me dan ñañaras en el oxipucio y
las falangetas. Obviamente no lo voy a hacer, así que vamos al resto de cosas
que puedo comer: carne roja dos veces por semana (no me gusta más que en
milanesa o picadillo), pollo tres veces por semana (si fuera por mí lo comería
todos los días) y pescado dos veces por semana (ahí cagué porque mi abuela dice
que es caro). Legumbres, NI EN PEDO. Al final de todo me puso “FUNDAMENTAL
CAMINAR TODOS LOS DÍAS”.
Y por eso es que
estoy escribiendo esto a las diez de la mañana: fui a caminar a la plaza. Para
no sentirme tan patética me llevé a mi perra conmigo, que se paraba cada dos
minutos para oler las meadas de otros perros. A las nueve de la mañana y más
con el frío que hace no estaba ni el loro, y me vino bárbaro porque podía ir
tranquila cantando temas de los Jonas Brothers sin que nadie me escuche. Me re
congelé la jeta, pero lo hice. De ahí a que lo haga todos los días es otra cosa,
pero por lo menos lo hice una vez.
De todo esto
aprendí que no es tan terrible como pensaba, no me cago de hambre; pero eso sí,
sufro como una condenada cada vez que paso por el puesto de superpanchos.
jajaja tengo que decír que el premio se lo lleva la caminata por demás, mamadera que decisión, tesssshible frescor.
ResponderBorrarEl poder de la rutina, eso es lo dificil de cambiar los hábitos, pero cuando se incorporan sale todo redondo. así se arranca.
vamo' los pibe, brindo por eso muchacha!
No sé si es más feo levantarse temprano a caminar o hacerlo cuando vuelvo de la escuela y ya es casi de noche jajaja; mucha' grasia' :D
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