Llegó el momento de hablar sobre esto, sobre ese año, ese maldito año que desearía no recordar. Bue tampoco es tan dramático, pero fue una mierda.
Mi escuela era re chota, lo supe pocos meses después de empezar a estudiar allí en primer año. Obviamente hasta entonces no sabía cómo era una escuela privada, al hacer la primaria en dos escuelas públicas (cuatro años en capital y dos en provincia) conocía a diferentes tipos de gente, todos humildes, con el ocasional wachiturro y pseudo-cheto. La privada era un mundo diferente, uno lleno de pibitos y pibitas que se creían superiores porque sus padres podían pagarles un colegio pedorro en el que usaran uniforme, y de adultos que te querían lavar el cerebro haciéndote creer que tenías una educación de mayor calidad e intentaban reprimir tu libertad de expresión (no te podías teñir el pelo ni tener aritos ni pintarte demasiado ni ponerle un sticker de hello kitty al uniforme). Al principio creí en mi paciencia y pensé que podría terminar la secundaria ahí sin cansarme, pero me tocó un curso lleno de pelotudos y en segundo año ya tenía ganas de irme. Mi familia no me dejaba porque era chica y el viaje a la escuela a la que me quería cambiar (que es a la que voy actualmente) era largo como para que fuese sola, así que esperé poder marcharme cuando terminara tercer año, cosa que me convenía porque cuarto año es cuando tenés que elegir la puta orientación. Sin embargo, no lo hice; porque tenía mi primer grupo de amigos y pensé que si los perdía iba a ser muy infeliz. Me quedé por ellos. ME QUEDÉ PARA SUFRIR.
Desde el principio supe que cuarto año iba a ser muy diferente, porque desde cuarto hasta sexto sólo existía el turno mañana. TODA mi vida, desde jardín hasta ese momento, había ido al turno tarde. Estaba acostumbrada a levantarme a las once e ir a dormir a las tres de la madrugada, y así era feliz ("feliz").
Mis días eran una cagada. Me despertaba a las seis y me cambiaba, comía una tostada, me lavaba los dientes, caminaba hasta la escuela, TODO automáticamente, porque mi cerebro seguía dormido. Al llegar a la escuela, entrar al aula era equivalente a querer morir. No me bancaba a nadie que no fuese mi grupo de amigos (no miento si digo que a veces ni siquiera me los bancaba a ellos). Las orientaciones dividieron al curso en el que había estado en dos, con tanta suerte que todos los pelotudos que me caían mal se quedaron en la mía, que era Arte. También había algunos que habían sido del turno mañana, pero eran pocos porque la mayoría de esos siguieron la orientación de Economía. En este momento no sé cuál de las dos era peor.
Los horarios eran malísimos. Todos los días entrabas a las 7:20 (yo siempre calculaba para llegar cinco minutos tarde y que no me rompieran las bolas para izar la bandera), pero no todos los días salías a la misma hora, no. Había días que salías a las DOS DE LA TARDE, esos días cruzaba las calles sin mirar y esperaba que un colectivo me atropellara en el camino y así nunca llegar al colegio. Había un día en que salías a la una, un poco más normal. Y había días en los que salías a las doce menos cuarto, días que hubiesen sido gloriosos... si no los hubiesen enganchado con educación física. Lo más triste era que no salías y tenías gimnasia inmediatamente, sino que tenías una hora libre en el medio y te quedabas sentado en la vereda haciendo tiempo como boludo.
Llegaba a mi casa re tarde y en la mesa me esperaba el almuerzo: milanesas con puré, guiso de fideos, pizza, lo de siempre. Todo frío, porque mi abuela cocinaba a las doce y me dejaba mi plato en la mesa para cuando llegara. Igual era tan pajera que comía todo helado porque era un bajón ponerlo a calentar. Después de comer, a veces me ponía a hacer tarea, otras veces me quedaba pelotudeando en la computadora, y otras veces me dormía una siesta. La terrible siesta. Yo sabía que era un error, que me iba a despertar sintiéndome peor, que mi mal humor iba a aumentar un ciento cincuenta por ciento, pero el cansancio me ganaba y todas mis predicciones se cumplían. Durmiese siesta o no, nunca pude dormirme antes de las dos de la madrugada. Trasnochar era la costumbre de toda mi vida, y ni siquiera tener que levantarme a las seis lo pudo modificar. Por eso era una muerta viva todos los días.
Volviendo a la escuela, sufrí mucho. Mi curso estaba lleno de idiotas. Desde la que vivía con un cohete en el orto y gritaba todo el tiempo, la que se creía superior porque los padres le compraban todo y llevaba todos los días cien pesos para gastarse en el quiosco, los hinchapelotas de siempre, hasta el grupo de pelotudas que se sentaban al fondo y como no tenían vida propia se dedicaban a cargarte porque ibas sin maquillaje o despeinada o eras gorda o existías. Me hacía tan mal estar ahí que, en el camino al colegio había un vivero lleno de flores y plantitas re lindas, y yo me quedaba parada en la vereda un montón de tiempo mirándolas porque era lo último lindo que veía antes de entrar a ese reino del terror que era mi aula. A veces lloraba en esa misma vereda y deseaba que el año se pasara rápido.
Los profesores eran, casi todos, cualquier cosa; excepto las de matemática, física e historia, que eran muy exigentes. Yo sabía más inglés que la profesora de inglés, y hasta la corregía. Creo que ni siquiera era profesora, era secretaria de administración. En educación física sólo jugábamos al volley. En salud y adolescencia hacíamos afiches con nuestros nombres y cosas que nos representaran, para "conocernos mejor entre todos" (porque yo tenía tantas ganas de que me conocieran). Teníamos cuatro horas de arte a la semana y la mayoría de las veces no hacíamos nada que no fuera acostarnos sobre nuestras mochilas y dormitar; hasta que una semana antes de cerrar los trimestres la profesora te daba diez trabajos en un día y tenías que llevarlos a todos hechos para la clase siguiente porque sino no aprobabas. La de literatura era amiga de la de arte y siempre se juntaban a hablar y nos ponían una película para no darnos actividades y que no les rompiéramos las bolas. Nunca teníamos computación, porque la profesora también era la directora y siempre estaba ocupada con otros asuntos. Siempre que veía la boleta de la cuota me daba bronca que mi familia pagara tanto por una escuela en la que no hacía nada.
No nos llevábamos bien como curso, y eso a las autoridades no les gustaba. TODOS los profesores nos decían que teníamos que ser unidos, que todavía nos quedaba mucho tiempo por convivir juntos (A MÍ NO!!!!) y trataban de que nos conociéramos. No funcionaba. A mitad de año, la directora/profe de computación se accidentó y tuvimos suplente. El chabón se rescató de que nos odiábamos, y no tuvo mejor idea que armar grupos por sorteo y tenernos todo el período que duró su suplencia viendo videos de compañerismo y trabajo en equipo y haciendo una reflexión sobre eso. Tampoco funcionó.
Pronto me di cuenta de que quedarme por mi grupo de amigos fue al pedo. Siempre se peleaban entre ellos y yo me quedaba en el medio, tratando de ser la intermediaria de la reconciliación o esperando que ninguna de las dos partes se enojara conmigo por ser imparcial, porque posta que yo quería mucho a todos y no me ponía del lado de nadie. También me di cuenta de que en realidad yo no era tan importante; a veces llegaba y si no había lugar para sentarme cerca de ellos me tenía que ir a sentar a la otra punta del salón, donde me quedaba todo el día leyendo y ninguno, ninguno venía a hablar conmigo. Qué trisssste, qué soledad. Cuando les confirmé que me iba a cambiar de colegio no faltó el "nooo, no te vayas", "te vamos a extrañar", "nada va a ser lo mismo sin vos" que me creí y después me metí en el culo, porque jamás se volvieron a acordar de mí.
Después del último día de clases no aparecí más porque ya tenía decidido que me iba a ir y no me quería bancar a los directores y preceptores convenciéndome para que me quedara, así que como la buena nieta que soy le dejé todo ese asunto a mi abuela. El día que volvió de pedir el boletín y el pase, le pregunté qué les había dicho cuando le preguntaron por qué me quise cambiar de colegio. Cuando mi hermanito iba a empezar la primaria, lo quisieron anotar en ese colegio (aunque yo no quería que estuviera en esa escuela, pobrecito). Él es un poco especial, y tiene una maestra integradora. Al saber eso dijeron que no iba a poder anotarse porque ya no había vacante; sin embargo, varios compañeros de su jardín sí pudieron ser anotados ahí muchos meses después sin ningún problema. Entonces, mi abuela les dijo que yo me había quedado enojada porque habían discriminado a mi hermano y no quería tener nada que ver con una institución así. SE LAS RE APLICÓ.
El último día de clases, al volver, caminé hasta mi casa escuchando música al palo y cantando, porque era libre y feliz, porque sabía que no iba a volver. Eso, el nacimiento de mi primo y haber visto a Rick Wakeman y Deep Purple son mis únicos recuerdos lindos de ese 2014 infernal.
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