17 de noviembre de 2016

Mi viejo

Como siempre que lo menciono digo algo malo sobre él, sabía que algún día iba a tener que contar mi complicada historia con mi querido padre, porque cada vez que digo que lo odio nadie entiende por qué. Esta va a ser una entrada larga, fea y muy personal, si no la quieren leer no me importa, pero es algo que siento que necesito contar.

Todo empezó cuando tenía 5 meses, cuando él nos echó a mi madre y a mí de su casa. ¿El motivo? Andaba enamorado de una promotora del supermercado en el cual tanto él como mi mamá trabajaban. Así, sin anestesia. Ante eso, tuvimos que venir a vivir a la casa de mis abuelos, donde también vivía mis dos tíos y más adelante se sumó mi prima; éramos una familia numerosa en un espacio muy chiquito, pero nos las arreglábamos. Tener una hija le chupó un huevo desde el principio, porque al enterarme de toda la historia a lo largo de mi vida (sé que todavía hay muchas cosas de las que no me enteré) me contaron que estuvo meses sin siquiera llamar para saber cómo estaba. Yo supongo que así me habré acostumbrado a su ausencia desde muy chica.

Vayamos a tiempos de los que ya tengo memoria, alrededor de mis tres o cuatro años. Había fines de semana en los que venía a buscarme para pasear o me llevaba a su casa en Ramos Mejía. Había otros fines de semana en los que no venía y yo lo esperaba colgada de las rejas del portón, decepcionada. Pero, a pesar de no verlo seguido, no lo extrañaba. Extrañaba más a mi mamá, con quien vivía pero como trabajaba lejos y volvía como a las 12 de la noche tampoco la veía tanto. 

Mi vida cambió cuando terminé el jardín, con la noticia de que no sólo mis padres se habían vuelto a juntar, sino que también nos íbamos a ir a vivir los tres juntos a Flores. Yo no me quería ir, la casa de mi abuelos siempre fue mi casa, ¿pero qué podía hacer yo? Mi vieja tenía la convicción de que crecer con mi padre iba a ser lo mejor para mí, pero se equivocó. Yo no era la típica hija de padres separados cuyo sueño era verlos juntos otra vez, porque desde que nací lo normal para mí era mamá y los abuelos por un lado, papá por el otro. Tal vez hubiese seguido estado todo bien si no me hubiesen alejado de mi hogar para llevarme a otro lugar, tan lejos y tan diferente de lo que yo conocía.

Vivir en Flores me cambió mucho, porque esa mudanza coincidió con otro cambio importante, que era empezar la escuela. Durante mi infancia en Ituzaingó yo era una nena muy alegre y estaba llena de amigos, pero allá era todo lo contrario; estar encerrada en un departamento con una ventana que daba para adentro me entristecía, y me convertí en una nena callada a la que le costaba relacionarse con chicos. Tenía períodos en los que no quería comer o vomitaba de la nada, además de llorar en los baños de la escuela durante los recreos porque extrañaba mi casa y a mi familia. Pero a eso nunca nadie lo supo. Mis únicos momentos verdaderamente felices eran los días de franco de mi vieja y los fines de semana en los que iba a visitar a mis abuelos.
Volviendo a mi papá, para ese entonces yo casi no lo conocía. Siempre fue poco más que un extraño a quien veía algunos fines de semana y que me llevaba a tomar helado. Pensé que vivir con él me ayudaría a construir un vínculo importante con él, pero nunca pasó. Mamá seguía trabajando hasta tarde, por lo que pasaba gran parte de mi día con mi padre. Como dice mi amigo Luca, "era una planta". Desde que llegaba de la escuela hasta que volvía mi mamá, no hacía más que quedarse tirado en el sillón mirando la tele o durmiendo. Después se cansó del sillón y, como mi pieza tenía tele, pasaba su tiempo encerrado ahí. Cuando se quedaba dormido, yo entraba y silenciosamente sacaba mis juguetes, porque tenía miedo hasta de hablarle. Algo bueno salió de toda esa soledad, porque así aprendí a desarrollar mucho mi imaginación, y pasaba mis horas sentada en el comedor dibujando o escribiendo historias en silencio, como lo sigo haciendo hoy. Eso sí, al llegar mi mamá del trabajo no había quien me callara; a veces hasta no la dejaba dormir por hablarle, y ella siempre me escuchaba, siempre tenía tiempo para mí. En cambio, cuando le hablaba a mi papá, me callaba para seguir mirando la tele.

Dos años pasaron así. En 2006, mi mamá quedó embarazada de mi hermano, y aunque al principio no me gustaba para nada la idea de dejar de ser hija única, al poco tiempo me alegró saber que ahora tendría a alguien con quien no estar tan sola. En 2007 nos tuvimos que mudar del departamentito a otro lado, un ph horrible, oscuro y con olor a humedad. A la semana de mudarnos, nació mi hermano. En esos tiempos, mis papás ya se llevaban mal; mi hermano y yo dormíamos con mi mamá en una pieza, y él en el comedor con su amiga la tele. Para hacer las cosas peores, él trabajaba como remisero de noche y dormía todo el día, con lo que tuve que convertirme en la niñera de un bebé de meses. 

Mi terror era tener que quedarnos solos con mi papá, porque nunca tuvo paciencia con los chicos; no aguantaba a mi hermano llorando y siempre le gritaba, cosa que lo hacía llorar más. Hasta le pegaba chirlos muy fuertes que me dolían como si me estuviese pegando a mí. Una vez, mi mamá se había ido a hacer un trámite a la mañana y nos tuvimos que quedar con él, que había vuelto hace poco de trabajar y quería dormir. Mi hermanito y yo nos quedamos encerrados en la pieza, pero en un momento se puso a llorar. Le hacía upa, le cantaba, hacía de todo, pero no se calmaba. Mi papá golpeaba la pared del otro lado y me gritaba "callalo Agustina", hasta que se cansó y entró a la pieza hecho una furia, me lo sacó y le pegó muchos chirlos fuertes. Yo me puse a llorar y le dije "por favor no le pegues", y me miró con una cara horrible que nunca voy a olvidar. Ahí supe que había conocido quién era mi papá de verdad.

2008 fue el peor año de todos, del cual tengo muchísimo para contar. En marzo murió mi mamá, y eso fue el principio de todo. Después de eso, pensé que tal vez ahora sí podría llegar a llevarme bien con mi papá, pero no sabía que de todos modos él ya estaba muerto hace mucho tiempo para mí, en el rincón más oscuro de mi mente, y yo no quería aceptarlo. Siguió trabajando de noche, y durante el día nos cuidaba una gran variedad de personas: mi tía, mi abuela (no me alcanza la vida para agradecerles a ellas dos el haber hecho el sacrificio de estar en la misma casa en la que murió mi mamá para cuidarnos a mi hermanito y a mí), mi otra abuela, un tío por parte de mi papá, y otras gentes. Los fines de semana seguía yendo a lo de mis abuelos, y eso me alegraba un poco. Sin embargo, la muerte de mi mamá nos dejó secuelas a una edad muy corta, secuelas con las que tendríamos que aprender a vivir el resto de nuestras vidas. Yo tenía 9 años, mi hermano, apenas 1. Él adquirió un retraso madurativo (creo que TGD, pero muy leve), y yo una depresión contra la que sigo peleando.

Con él viví la pobreza. Todos los días comíamos panchos y hamburguesas, que era lo más barato y fácil de hacer; me nutría como el orto y engordé muchísimo por eso. Tampoco tenía ropa, estaba creciendo y ya nada me entraba. Usaba la ropa de mi mamá, desde remeras hasta zapatos. Tenía unas ojotitas plateadas de ella que usaba todos los días, con frío o calor. Un día se me rompieron en la calle, y como no tenía nada más para ponerme, las arreglé con una colita para el pelo. Después encontré otros zapatos, que tenían un poco de plataforma y hacían ruido; mi papá al verme con eso me dijo "esos zapatos no son para nenas", aunque sabía que no tenía nada más para ponerme. Me daba vergüenza vivir así, pero no podía hacer nada porque también me daba vergüenza pedirle a mis abuelos que me compraran las cosas básicas que necesitaba. No es que mi papá no me compraba ropa por no tener plata, sino por amarrete, porque todo lo que juntaba lo guardaba para cambiar el auto. Es más, yo le importaba tan poco que ni siquiera me iba a buscar a la escuela; a mi casa me llevaba una maestra que vivía cerca de ahí, como favor. Siempre que llegaba lo encontraba dormido, y a mi hermanito con el pañal todo meado. Pero un día llegué y no estaba durmiendo. Estaba tomando mate con una amiga. No me fue a buscar a la escuela por estar con una amiga. Su amiga era más importante que su hija. A lo largo de mi vida aprendí que todo era más importante que su hija.

A mitad de ese año, la vida me golpeó una vez más. Para resumirlo, mi mamá le dejó la plata del seguro de vida a mis abuelos, y mi papá insistía en que se la tenían que dar a él. Mis abuelos se negaron, porque sabían que la iba a usar para tunear el coche o alguna otra pelotudez propia de él. "Ok, no ven más a los chicos", dijo. Y así fue por meses. En una época también me amenazaba con llevarnos a vivir a Córdoba con un tío de él, y yo lloraba desesperada. Ante mi llanto, me decía "dejá de llorar por boludeces, Agustina; yo también me siento mal y no me pongo a llorar". A los nueve años, pensar seriamente en suicidarse y llegar a planear la manera de hacerlo es algo muy grave. Pero resistí por mi hermano, por no dejarlo a su suerte con esa basura que por desgracia era nuestro padre.

Todo el tiempo que se me negó el poder ver a mi familia hizo que creciera el resentimiento hacia mi papá. Estaba más sola que nunca, sin poder ver a mis abuelos y sin amigos en la escuela; cada día me sentía más muerta en el interior. Lo único que tenía era a mi hermanito y un discman con un cd de los Jonas Brothers que me acompañaba a todos lados. Todos los días hablaba por mensaje con mi tía, lo que me ayudaba a mantenerme cuerda. Mi tío hermano de mi papá fue muy importante para mí en ese tiempo y siento que le debo mucho, porque, a pesar de ser muy joven, lo sentí como el padre que nunca iba a tener. Nos cuidó como si fuésemos sus hijos, y con él podía hablar de muchas cosas; confié en él como jamás pude confiar en mi papá.
Uno de los recuerdos más tristes que tengo es de fines de octubre o noviembre de ese año. Como los fines de semana no podía ir a la casa de mis abuelos, mi tía nos venía a buscar a mi hermano y a mí los viernes a la tarde y nos llevaba a pasear por Flores. Uno de esos viernes, cuando estábamos por ir al centro, doblamos la esquina de mi casa y allí estaba esperándonos mi abuela. Corrí y para abrazarla y no la solté por cinco minutos, no podía parar de llorar. Mientras escribo esto tampoco puedo parar de llorar.

Poco tiempo después de eso, mi papá se dio cuenta de que no le convenía tenernos alejados de mis abuelos (porque ellos nos cuidaban todos los fines de semana), así que nos volvió a llevar. No sé cómo hice, pero, entre tanta soledad y tristeza, pasé de grado. Después de terminar las clases, por fin pasó algo muy bueno: mi papá decidió que debíamos volver a vivir con mis abuelos, porque no podíamos seguir viviendo así. Volver a Ituzaingó fue, como dicen, un soplo de aire fresco, algo que me merecía después de pasar por tantas cosas.

El 2008 terminó, y junto con todas las cosas horribles que pasaron me enseñó que siempre voy a encontrar la fuerza para seguir adelante. Pero los problemas con mi padre continuaron.

Él nos venía a buscar los fines de semana para pasarlos en su casa. Odiaba los fines de semana, su casa y a él; nunca la pasaba bien, porque era todo exactamente como fue siempre: él tirado en la cama mirando la tele todo el día y yo cumpliendo la función de niñera de mi hermano. Cuando por fin volvía a la casa de mis abuelos, me encerraba en el baño y vomitaba por lo mal que me hacía tener que volver todos los fines de semana a la casa en la que murió mi mamá.

Al empezar la secundaria, entré en la tan temida adolescencia, en la que inevitablemente iba a tener cruces con él. Siempre buscaba excusas para no ir: mucha tarea, un cumpleaños, cosas así. Y a él le molestaba, porque si no estaba yo, él no iba a cuidar a mi hermano. Un fin de semana tuve una excusa de verdad: el cumpleaños de mi tía. Le mandé un mensaje diciéndole que me quería quedar a celebrarlo con ella, y me respondió que estaba cansado de mí y que no siempre iba a poder hacer lo que quisiera. Ni siquiera le respondí. Estuvo semanas sin llamar ni venir, cosa que no me molestó. Hasta que un viernes a la tarde entró por la puerta hecho una furia mientras yo estaba re tranquila mirando la tele con mi abuelo. Ni siquiera me había avisado que iba a venir. Me dijo "guardá tus cosas que nos vamos". Tuve que buscar a mi abuela a su pieza para que armara la mochila con ropa de mi hermano, y me puse a guardar mis cosas en mi propia mochila. Pero algo me hizo decir basta. Automáticamente me puse a sacar mi ropa de la mochila, me di vuelta y le dije "no voy a ir". Me gritó, me amenazó, me insultó con palabras horribles; yo no podía parar de llorar, tenía miedo. Ese fue mi primer ataque de pánico, causado por mi papá, por alguien que nunca me tendría que haber lastimado. Estaba dura, no me respondían las piernas ni las manos, y me caí al piso. Él se reía y me decía que dejara de ser tan patética. Al poco tiempo se fue con mi hermano y yo me quedé ahí, con mi abuela abrazándome, pensando que me iba a morir. Al día siguiente lo denunciamos y empezó la lucha de mi abuela para obtener nuestra custodia. Fue larga, pero por suerte ganó ella. El fin de semana siguiente mi papá volvió a buscarme como si nada hubiese pasado, y yo lo obedecí en todo por miedo.

Después de dos años más de fines de semana horribles en los que cada vez se me hacía más evidente que mi papá no me quería ni yo a él, por fin, me cansé. Me cansé a los 14 años. Un sábado me mandó un mensaje preguntándome a qué hora nos venía a buscar. Yo le dije que esa tarde tenía que hacer un trabajo en la casa de una amiga (esta vez era verdad), y si podía venir después de las siete de la tarde. Me respondió enojado que estaba cansado de "cumplir mis caprichos". Le respondí con un "hacé lo que quieras". Hizo lo que quiso, porque otra vez estuvo un largo tiempo sin dar señales de vida. Yo estaba contenta por tener los fines de semana libres para ver a mis amigas o salir con mi tía. Y luego volvió el quilombo.
Este señor, con toda la madurez que lo caracteriza, me mandó un mensaje en facebook una madrugada, indignado porque YO no lo llamaba, reclamándome que "te olvidaste que tenés un papá" y amenazándome con un "preparate, todo tu mundo cambiará". Tuve otro ataque de pánico encerrada en mi pieza. Al otro día no quise salir de mi casa porque tenía miedo de que viniera a la entrada o salida del colegio y me llevara con él. Cuando me llamaba por teléfono tiraba el celular lejos, y si sonaba el teléfono en mi casa cerraba mi puerta con llave y me escondía abajo de la cama. El fin de semana, cuando vino a buscar a mi hermano, preguntó por mí. Mi abuela le dijo que no lo quería ver, y así es hasta hoy. Llevo tres años sin verlo, yéndome o escondiéndome siempre que sé que va a venir.

Siempre que hablo de él me tomo mi bronca con humor, porque así aprendí a enfrentar mis problemas. Pero eso no significa que no me duela llevarme así con él. Cuando paso por una plaza y veo papás jugando con sus hijos, me pongo feliz y al mismo tiempo ruego para que mi historia no se repita con ellos. A veces, antes de dormir, imagino cosas. Imagino que viajo en el auto con él y cantamos juntos algún tema, imagino que le muestro algo que me gusta y él me escucha interesado, imagino que salimos y la pasamos bien; a veces me basta simplemente imaginar que tenemos una conversación y nos reímos. Pero ese padre nunca va a existir para mí. Inevitablemente nos distanciamos desde la primera vez que me abandonó con sólo cinco meses de edad. Si no me quiso entonces, nunca va a poder quererme. Muchas veces su familia trató de convencerme de que hable con él de nuevo. Este año intenté: sólo le pedí de buena manera si me podía traer las cosas mías que quedaron en su casa. Me respondió a las semanas con un montón de estupideces, cuestionando mi amor por mi mamá, reclamando que no cumplí con mi deber de hija, diciéndome que madure y que no me necesita. Tiene 43 años, él debería madurar. Me resulta muy difícil lo de "olvidar y perdonar", justamente porque fue la primera persona que me lastimó. Esta es la última vez en la que pienso llamarlo "papá".

Hoy, a pesar de todo, puedo decir que estoy bien, a mi manera y como puedo. En días como hoy, todos estos recuerdos me vuelven a golpear; pero también me hacen darme cuenta de que soy más fuerte de lo que creo y que, algún día, voy a poder ser feliz. Tendré muchas cosas malas, pero estoy orgullosa de no ser como él, porque todo el mal que me hizo lo devuelvo en forma de bien para los demás. Como dicen mis amigos los hippies, "el amor sana". 

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