26 de diciembre de 2016

Pesadilla

El viernes viví una experiencia horrible:

Fui a bailar.

Toda mi vida pensé que iba a morir sin haber pisado un boliche, pero sucedió. Y todo gracias a mi amiga Yanina. 
Hace un par de meses, ella había terminado con el estúpido de su novio (un chabón que odio por muchos, muchos motivos), pero yo creía que, como siempre, iban a volver. Estaban juntos hace dos años en los que terminaban como mínimo una vez por semana. En fin, esa tarde yo le dije "si esta vez por fin te das cuenta de que el tipo es un idiota y no vuelven más, te juro que hago lo que quieras". "¿Me vas a acompañar a bailar?", me dijo. Yo le dije que sí, obvio, porque no le tenía fe a la chica. Pero pasaron los meses y el fin de la relación fue en serio, me di cuenta cuando se sacó la foto de perfil de whatsapp asquerosa que tenía besando al boludo ese por una re linda de ella sonriendo.

A partir de entonces, me recordó mi promesa todos los días. Yo soy una chica de palabra, y lo que prometo lo cumplo (no como cierta persona que, si lee esto, le recuerdo que me debe plata). Así que, cuando terminé de rendir en la escuela (otra historia que ya voy a contar) y de hacer todos los papeleríos para anotarme al terciario, le dije que me tire una fecha y la iba a acompañar.

Lo único bueno de esta experiencia horrible es que no tuve que pagar para vivirla, porque era una de esas famosas fiestas de egresados en la que los chetos pagan como veinte mil pesos para estar en el escenario de un boliche pedorro mientras que todos los que no son ellos asisten gratis. En fin, el miércoles fuimos a buscar la entrada (la entrada = un cartón choto que puedo fotocopiar a color y paso igual) y el viernes era la hermosa fiesta a la que yo tantas ganas tenía de ir.

Íbamos a ir Yani, mi prima y yo. A mi prima la invitamos porque ella tiene el espíritu fiestero del que nosotras carecemos, porque ya sabía cómo era la onda en "el baile" y también para no exponerme a desaparecer de la faz de la tierra volviendo sola en un remís. El viernes a la noche nos juntamos en lo de Yani, pedimos unas pizzas, nos pusimos presentables y a las doce y media partimos. En realidad, durante todo el día yo tuve más ganas de que me atropelle un camión que de ir, porque ya sabía que no me iba a gustar; pero iba a acompañar a mi amiga, que se sentía una fracasada por tener 17 años y nunca haber ido a bailar (yo paso todas mis noches encerrada escuchando música y no me siento una fracasada, pero bueno) Y NI SIQUIERA ELLA TENÍA GANAS DE IR, YO POR LO MENOS LE PONÍA ONDA QUE SACABA DESDE LO MÁS PROFUNDO DE MI SER.


Llegamos al boliche, un lugar tan horrible como su ubicación al costado de la autopista. Ni bien entramos, mi prima se encontró con sus amigas y desapareció, dejándonos a Yani y a mí a nuestra suerte en ese lugar desconocido. Al principio yo estaba tranquila, porque no había tanta gente (me dan ansiedad los lugares con mucha gente, hasta los supermercados), pero después se llenó hasta que no podías moverte sin que tu piel hiciera contacto con la de otro ser. Caminamos un rato y nos sentamos en, no sé, un coso. Yanina se quería morir, mientras que yo no la pasaba tan mal porque había chicos y chicas lindos para ver. Igual me sentía un mamarracho, porque estaban todas las pibas con shortcitos, tops y tacos, y yo con zapatillas y un vestido hasta las rodillas negro con puntitos blancos, parecía una vieja. A esto se le suma la humedad del ambiente que convirtió a mis rulos (la única cualidad que me hace zafar) en una masa amorfa.

Al poco tiempo pasó la primera cosa horrible: se acercaron a nosotras cuatro chabones, unos nabos de más o menos nuestra edad. Uno de ellos presionaba a mi amiga para que le diera un beso y ella no quería. Todo bien si el pibe le hubiese preguntado y aceptado que ella no quisiera, pero era DENSO, la acorralaba y no la dejaba, yo no sabía qué hacer. Los chabones ahí piensan que las mujeres somos objetos y tenemos que hacer lo que ellos quieran aunque nosotras no queramos. Horrendo. Pero por suerte se fueron y no los vimos más.

Después, entraron los egresados. Una cagada, como se imaginan. Pibitas vestidas de conejitas de playboy subidas a una especie de tarima y bailando con unos palitos chotos de luces que parpadeaban; a los pibes ni siquiera los vi. Ahí pensé, pucha, ¿eso le parece tan genial a la gente? ¿Por esa pelotudez pagan tanta plata? 

A partir de ahí, todo me pareció una mierda. Me senté en un parlante que hacía rebotar todos mis órganos internos con el ritmo de la música, que era un rejunte de temas horribles remixados de una manera que, increíblemente, los hacía aún más horribles. Eso fue lo más cercano a bailar que hice en toda la noche. Yanina estaba igual que yo, parada al lado mío mirando a la gente, esperando impacientemente el momento de irse. 
Para colmo, el tiempo no pasaba más. Por consideración a mi prima, quedamos en irnos a las cuatro de la mañana (una hora antes de que termine todo), porque ella sí tenía ganas de estar ahí. La monotonía era insoportable, me zumbaban los oídos y lo único que quería era estar tirada en mi cama leyendo fanfics o muriéndome, no sé cuál opción era mejor. 

La estaba pasando tan mal que ni siquiera recuerdo bien lo que pasó. Sólo sé que en un momento nos metimos al baño y una tipa re mala onda casi nos saca a patadas porque tenía que limpiar, y que en otro momento observamos a un par apoyados en una barra que estaban al borde de tener relaciones sexuales ahí mismo. A eso de las tres de la mañana, salimos a llamar al remís para que viniera en una hora, ante lo cual los patovicas de la entrada no nos dejaron de romper las pelotas para que volviéramos a entrar. Esa última hora fue eterna, casi me ponía a llorar de lo mal que me sentía, todavía no entiendo como a la gente le gusta estar en un lugar así.

Como frutilla del postre, mi prima se cagó totalmente en mí. Como ya dije, la idea era volver juntas en el remís, dejar a Yanina en su casa y que después nos llevaran a los dos hasta la nuestra. Bueno, resulta que dos minutos antes de tener que encontrarnos en la puerta para ir hasta la esquina a esperar el auto, la muy infeliz me avisa por mensaje que se volvía más tarde con una amiga. O sea que nos quedamos ahí hasta las cuatro de la mañana al pedo, porque ya estaba en sus planes quedarse hasta el final, y ni me avisó para poder acortar nuestro sufrimiento y volver más temprano. Me dejó en banda, pero mal. Ya no tenía tiempo de cagarla a puteadas, así que volví en el coche llorando de la bronca; y me tuve que bajar en la casa de Yani porque tenía miedo de volver sola con un tipo que no conocía. Encima el muy garca nos cobró más caro que la ida, porque decía que "la vuelta era más larga" (las pelotas).

Estaba muy cansada, y al día siguiente me tenía que levantar temprano para hacer los benditos sánguches de miga que siempre hacemos en navidad. Tengo la hermosa particularidad de no poder dormir en casas ajenas, así que llamé a mi tía para que me fuera a buscar, cosa que no hizo, así que tuve que esperar a que se hiciera de día para tomar el colectivo que me deja en la esquina de mi casa. 

La casa de mi amiga está separada de la parada del colectivo por dos cuadras desiertas por las que no pasa ni el loro, y si pasa alguien generalmente son dos chabones en moto que te apuntan con un arma para robarte (me pasó). Caminar por ahí a las seis de la mañana sola y con una mochila color rosa fluorescente que grita "RÓBENME" en tu espalda no es lo más lindo del mundo, y tampoco lo es esperar media hora a que venga el colectivo con el tipo del puesto de diarios de la otra cuadra como única alma presente en el lugar; pero llegué sana y nerviosa a mi casa. Para mejorar todo, ni bien llegué se levantó mi abuela con la maravillosa idea de limpiar la casa, por supuesto jodiéndome a mí para que la ayude y cagándome a pedos por mi "mala disposición". Se ve que mis ojeras y la máscara de pestaña corrida por las lágrimas no eran suficiente como para que me dejara en paz.

En resumen, un horror. No vuelvo jamás.

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