2 de noviembre de 2017

Orden

Limpiar la habitación es, en la vida de un joven boludo (o sea, yop), un problema de considerable importancia. Es algo que yo evito porque me da paja, porque prefiero quedarme tirada pensando en mi existencia vacía o buscando fotos de músicos muertos que idolatro, antes que ponerme a acomodar el caos que me rodea. Pero convivo con mi abuela, que me rompe las bolas solamente por respirar; y el orden es algo muy importante para ella. En una casa pequeña cuyo quilombo es grande, parece que el estado de mi trozo de hogar tiene bastante importancia. Ella me dice "me da miedo mirar tu pieza" BUENO SEÑORA, NO LA MIRE. Mi filosofía es si a mí no me molesta, todo bien; aparte no es como si Mirtha Legrand viniera a cenar a mi pieza. De hecho mi único amigo, el que vivía en mi casa prácticamente, se puso de novio, me abandonó y no vino más, por lo tanto la limpieza pasó a ser secundaria. Terciaria. En fin, un buen día la mugre me empieza a deprimir (más de lo que ya lo estoy) y me dan ganas de flashear que controlo mi vida a partir del orden del espacio que habito; entonces cazo la escoba y me dispongo a hacer algo más o menos útil con mi vida. Primero me supera, veo tantas cosas una encima de la otra que me desespero. Ropa tirada en el piso, las sábanas hechas un bollo al costado, el reino del terror desconocido abajo de la cama, la pila infinita de cuadernos que no termino de escribir y libros que no termino de leer. Ahí es cuando me digo "la puta madre, soy un horror". Empiezo por lo que menos me estresa, que es lo que generalmente no está desordenado: la biblioteca. Ahí habitan mis discos y libros (los cuales la mayoría ni siquiera son míos), que rara vez saco porque ya ni ganas de hacer todo el ritual de trasladar el equipo de música hacia donde estoy para escuchar, no sé, el cd de Harry Styles que me salió 300 pesos físicamente y que tengo en el celular descargado de manera gratuita e ilegal. Estoy como una hora con la gamuza y el blem sacándole el polvo a las estanterías y ordenando todo exactamente como estaba antes (o sea, lo único que cambia es que ya no hay polvo). Después me enfrento al resto. Generalmente sigo con la mesita, que acumula todo tipo de cosas; desde anillos hasta cajas de corpiños vacías que no tiré por si en algún momento las necesitaba para algo. Le sigue la tarea de clasificar la ropa que hay desparramada por ahí en limpia, puede pasar por limpia porque no tiene olor y sucia (el sentido del olfato juega un papel principal en esta etapa). Lo sucio va al baño, lo limpio y lo que zafa queda a los pies de la cama para luego volver a ser arrojado al suelo; trabajo terminado. A esto le sigue barrer. Odio barrer, aunque es emocionante porque es la única manera en la que descubro lo que hay abajo de la cama. Normalmente son pañuelos usados y algún que otro par de medias que inexplicablemente me saco mientras duermo y terminan ahí de una u otra manera. Y pelusas, muchas pelusas. Trato de meter toda la mugre en la palita, lo que entra entra y lo que no queda camuflado en el pasillo, que lo barra alguien más. Después limpio la mesita de luz, le saco el polvo al velador intentando no electrocutarme (ya sé que lo tengo que desenchufar pero es un quilombo así que le tiro una oración al Gauchito Gil antes de hacerlo para que me proteja), siempre digo que voy a acomodar todo lo que hay en el cajón y nunca lo hago porque ahí literalmente hay cada cosa turbia: colillas de cigarrillos (esto sí que todavía no lo entiendo porque jamás fumé), paquetes vacíos de galletitas, machetes de cuando iba al colegio, objetos cortantes, un cd de Alcides, DE TODO. Y ni ganas. Una vez tenía muchas ganas de vivir y quise limpiar las ventanas; saqué el vidrio y después estuve tres horas  tratando de ponerlo de nuevo así que nunca más. Bueno, todo termina con mis veinte intentos frustrados de armar bien la cama y mi rendición. Cuando veo todo reluciente, juego conmigo misma a ver cuánto tiempo va a durar en ese estado. Jamás llega siquiera a las dos semanas. La puta madre, soy un horror.

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