20 de abril de 2018

Vivencias sarmienteras

El transporte público es algo que experimenta todo buen pueblerino, ya que aparentemente el centro de todo el puto mundo es Capital; si no sos de ahí seguramente estás entre vacas bendiciendo la mesa con una oración al Gauchito Gil antes de comerte un tatú asado. Volviendo al tema, el transporte público es como mi segundo hogar. Lo conozco desde chica, desde que me mudé a Flores y pasé todos los fines de semana yendo y viniendo de la casa de mis abuelos, o sea que ya hace mucho viví incendios de trenes, bajarte del tren en medio de las vías porque pisó un auto, bajarte porque hay tanta gente que no podés respirar, la cosa sana.

Desde el comienzo de mi vida universitaria, mis viajes diarios a CABA me brindaron muchas experiencias de las cuales obviamente me nutrí para poder quejarme de algo por acá. El Sarmiento es un mundo, está ese horario en el que no podés viajar si no te vas a una terminal y lo tomás desde ahí, el horario en que se rompen los trenes (generalmente al mediodía) y ese extraño horario en el que por ahí viajás tranqui aunque lo más seguro es que alguien, de alguna manera, te rompa las pelotas. A continuación, y sólo porque tengo sueño, mi top 3 de aventuras sarmienteras.

Puesto número 3: El viejo petero.
(Cabe aclarar que cualquier persona que me moleste, no importa su edad, es viejo y petero para mí.)
Yo iba tranqui apoyada en los cosos esos que hay adelante de los asientos reservados, esos en los que todos siempre apoyan el culo, al lado de una de las puertas. De hecho, soy una de las personas que siempre van con el culo apoyado ahí. En fin, en no sé qué estación, se sube el susodicho viejo petero y se acomoda a mi lado, en el espacio libre del coso ese. Yo soy una piba que trata de no joder a nadie, intento ocupar el mínimo espacio posible y no hacer contacto físico con los que me rodean; pero obviamente a todos les chupa un huevo. Este señor iba con su mochila hacia adelante y agarrando el celular de manera que su codo se clavaba en mis costillas. Me iba corriendo un poco más cerca de la puerta para que no me joda, pero el viejo se corría conmigo. En un momento le di la espalda y quedé con la cara prácticamente pegada a la puerta PERO YO SEGUÍA SINTIENDO SU CODO PEGÁNDOME. Ahí ya estaba harta y le dije "vas re cómodo no?", a lo que el chabón ni bola y siguió golpeándome. En Liniers se empezó a vaciar el tren y yo corrí para afanarle el asiento en el que se estaba por sentar, ja, por forro.

Puesto número 2: Las bendiciones.
Es inevitable tener que fumarte un niño que rompe las bolas en cada viaje. Yo nací meada por dinosaurios, así que ese día me tocaron dos. Se subieron en Ituzaingó, una madre con sus dos retoños de más o menos seis y siete años. Yo viajo en el furgón, casi siempre en la parte que hay asientos, pero ese día se llenó mucho esa zona y me tuve que subir en la parte de las bicis, que más o menos es tierra de nadie. Me acomodé entre dos de los cañitos donde ponen las bicicletas (porque iban desocupados) bien pegada a la ventana y fui tranquila, hasta que se subieron estas personas. Las niñas se sentaron en los caños cercanos a donde iba yo, iban comiendo un choripán así que estaban tranquilas. A los cinco minutos se les fue la paz y se empezaron a gritar y arrojar pedazos del choripán, algunos quedaron pegados a mis rulos. La madre de las criaturas iba hablando por celular y ni pelota, obviamente. Después me pegaron codazos, se tiraron encima mío y se colgaron del caño que sale del techo como haciendo acrobacias, gritando y pateándome en el proceso. Se bajaron en Liniers y me dispuse a continuar mi camino en paz, pero me tuve que bajar a tomar el 136 porque más adelante hubo un accidente.

Puesto número 1: El viejo petero II (este es un viejo diferente).
Iba yo en mi ubicación ya anteriormente mencionada, apoyada como de costumbre pero del lado del pasillo en vez de pegada a la puerta. En Morón se suben no una, sino dos sillas de ruedas, al mismo tiempo y a mi mismo vagón; fue sorprendente porque jamás en mi vida fui con alguien en silla de ruedas. En consecuencia, la gran cantidad de gente que sube en esta estación tenía que ir más apretada. Tuve la suerte de que, además, se subiera una pareja de viejos (estos eran viejos posta, de esos que ya se están por morir). La doña iba en el asiento reservado, y el don a su lado pero parado, agarrado de la manijita del asiento de la doña. En eso pasa un vendedor de chicles, y les juro que en el segundo que me solté del caño del que iba sostenida para sacar diez pesos de mi bolsillo para comprarme un chicle pedorro, el viejo choto SE ABRAZÓ al caño de manera que nadie se pudiera agarrar de ahí. Hasta esto ya se me había desplazado de mi lugar de apoyo habitual, estaba rodeada de gente y no tenía un puto lugar de donde agarrarme. Iba haciendo equilibrio, encima creo que nunca el tren fue a tanta velocidad y me estaba por caer, me balanceaba hacia adelante y atrás, acercándome bastante al viejo idiota este que encima de chorearme el lugar me miraba con cara de orto. Increíble.

Bonus track porque fue en el subte:
Odio el subte, el que esté bajo tierra y no poder ver con claridad por dónde voy me da ansiedad; pero a veces necesito utilizarlo. No sé si alguien es familiar con la línea A, esa que tiene los coches con olor a limón. Las filas de asientos son uno al lado del otro pegados a los costados del vagón, donde están las ventanas. Al lado de los asientos hay caños para sostenerse. Cuando me subí, iba apoyada en una puerta que sabía que no se iba a abrir más, y agarrada de dicho caño. No sé en qué momento se subió un chabón gigante que, en vez de sostenerse de un solo caño con una sola mano como cualquier ser humano no pelotudo, apoyó su espalda en un caño y con sus brazos se agarró del que estaba enfrente. El guachin no sólo impedía que mucha gente tuviera de donde sostenerse, sino que también bloqueaba el acceso al pasillo. Al final de todo se los voy a ilustrar con mis maravillosas habilidades de paint para que no flasheen cualquiera. En fin, el boludo este iba lo más pancho, y en un momento haciéndome la piola le dije "che, no te vas a caer si te soltás de ahí" y me miró con cara de culo. Avergonzado, se acomodó en su lugar como un ser humano normal. And they said Agustina had no influence.

Por esta razón dejé artes visuales.





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