Después de un período en el que sufrí más ansiedad que en toda mi vida, volví.
Tuve muchas aventuras (?) y ahora me dispongo a contarlas porque estoy al pedo, cosa que en el futuro tal vez vaya a extrañar. La razón de mi ausencia es que, increíblemente, estaba estudiando. La cosa es así:
Para ingresar al instituto en el que quería estudiar tenía que dar tres exámenes de ingreso: dos escritos de inglés y español y uno oral de inglés. Yo tenía mucho miedo porque, según nos explicaron en una charla, había pocas vacantes y entrabas por puntaje. O sea, como mucho entraban treinta alumnos por turno, lo que serían sólo noventa por año; y mientras mejor te iba en los exámenes más probabilidades tenías de conseguir vacante. Yo debía ser una de las 90 que entraran este año, y me puse en situaciones de sufrimiento que consideré necesarias para lograr mi objetivo.
El instituto ofrecía cursos de nivelación de español gratis durante todo febrero hasta la fecha de los exámenes, a los que tuve que asistir porque de español lo único que sé es lo que aprendí en cuarto grado más o menos. Así empezaron mis aventuras, viajando dos veces por semana de Ituzaingó a Retiro (las experiencias vividas en el transporte público las dejo para otro momento porque sino voy a estar escribiendo hasta que me reciba), a veces cagada de calor, peleando con los pasajeros y al borde de la
El primer día nos dieron tipo una evaluación de diagnóstico para ver qué tanto no sabíamos. De más está decir que a todos nos fue como el culo y estuvimos muchísimo tiempo aprendiendo a analizar oraciones sintácticamente. Lo odiaba, pero cuando le agarrás la mano se vuelve entretenido, como nombrar cadenas de hidrocarburos. Al principio volvía a mi casa re frustrada, ya mentalizando que no iba a pasar el ingreso; todos mis compañeros eran mi competencia y era re feo porque yo necesitaba que a ellos les vaya mal para poder tener la vacante, sí, suena horrible. ¿Lloré todas las noches? Sí. Pero para distraerme de mi desesperación estaba haciendo modelos de examen todo el día, todos los días. Hasta volvía leyendo esos textos de mierda súper complicados en el tren en vez de apreciar el pintoresco paisaje que me ofrecía mi recorrido ferroviario por el oeste.
Durante este período me aislé de la vida social más de lo que ya lo hago normalmente, algo que me reclamaron mucho. Mis amigos empezaron a flashear que ya no íbamos a durar mucho como amigos, que a mí me pasaba algo o que no los quería ver más. Mi mejor amigo me decía "ahora parece que hay que sacar turno para verte" aHAhahhaHHH pero cuando vos estabas de novio no te podía visitar media hora porque todos los días tenías que conocer a toda la familia extendida de tu novio, te odio, los odio a todos por intensos y rompebolas pero en el fondo los quiero. En fin, voy a pasar directamente a los días en los que concretamente tuve que rendir en vez de explicar con detalle todas mis crisis mentales.
El primer examen era el escrito de inglés, un lunes a las 8:30 de la mañana, obviamente un horario en el que mi cerebrito no funciona. La noche anterior dormí con carpuza UNA HORA, sentía que en cualquier momento podía caer redonda. Al llegar había una fila de la puta madre, no sé para qué si total cada uno tenía asignada un aula diferente. Los problemas empezaron cuando estuvimos como veinte minutos esperando que nos consiguieran un aula decente. Después uh, UH, NO SABEN LO QUE ME PASÓ.
¿Vieron que yo soy una persona bastante, bueno, muy pelotuda? Bueno, cuando estaban tomando lista nos iban pidiendo los dni. En ese momento tuve una visión de cómo me había dejado la billetera con el documento adentro en mi casa y entré en pánico. Cuando me nombraron, me salió automáticamente una mentira de esas que no tenés que meditar mucho para que te salven en el momento: "me lo robaron anoche" (onda, ni siquiera tuve tiempo de ir a hacer la denuncia). Me mandaron a preceptoría a ver qué podía hacer. Ahí me alivié al ver que no era la única idiota en esa situación, y algunos hasta tranquilamente admitían que se habían olvidado el dni en vez de mentir como yo. Vino una secretaria con cara de orto y nos dijo que sin documento no podíamos rendir, lo re 1100to. Los que estábamos ahí nos empezamos a parar de manos, porque la verdad que era una injusticia, habiendo UNA sola fecha al año para rendir el examen (lo sé porque todo el año pasado llamé para ver si se liberó alguna vacante y me dijeron que sólo podía entrar por medio del único examen anual) era una cagada que no tuviesen manera de resolver ese problema. O sea NO TE CUESTA NADA PRESTARME LA FOTOCOPIA QUE TE DI CUANDO ME ANOTÉ. Al final la mina nos hizo un papelito autorizándonos a rendir y teníamos hasta las cinco de la tarde de ese día para traer una identificación.
Volviendo al examen, yo pensaba que era como los que rendí en Cambridge toda mi vida. Bueno, más o menos. La diferencia es que tenías un plazo de tiempo para hacer cada ejercicio, te los iban dando por separado. El primero era una comprensión de texto sobre aviones, qué se yo. El segundo era la composición escrita y yo ya estaba llorando internamente porque estoy acostumbrada a hacer esa actividad a lo último porque es la que te toma más tiempo e imaginación. Tenía que elegir entre una carta de queja (que nunca aprendí a hacer así que ni nos vimos), un cuento y una carta al editor de un diario. Elegí la última y me exprimí los sesos tratando de que suene bien y que tenga la cantidad justa de palabras; a todo esto recordemos que en todo el tiempo que estuve estudiando español no toqué nada de inglés ni en pedo así que me saqué todo de la galera. Después tenía ejercicios de llenar espacios en blanco y reescribir oraciones, una gilada. Me fui a mi casita, comí dos porciones de pizza y volví a Retiro a llevar el dni (que mágicamente "lo encontró un vecino tirado en la calle" soy una basura) para que me validen el examen. Al llegar por segunda vez a mi casa, dormí como una marrana.
El segundo examen era el de español, a esta altura yo ya estaba con un brote psicótico con delirio místico, segurísima de que en este sí me iba a ir mal e iba a ser la vergüenza de la familia. Por lo menos en esta prueba me daban todos los ejercicios juntos y tenía dos horas para hacer todo. Yo ya venía preparada para el texto con el que tenía que trabajar, que supuse iba a ser algo complicadísimo con lenguaje técnico o algo de Borges como los modelos de examen. ¿Saben qué era? Una noticia sobre el fenómeno de los youtubers. Tuve que reír para no llorar. Pisteé como una campeona, la única pregunta sobre tiempos verbales me salió bien (no me sé los tiempos verbales, gente) y en la producción escrita hice exactamente las 150 palabras que me pedían. Salí en paz y compensé mi sufrimiento comprándome maquillaje barato de imitación en Once y durmiendo una siestuli.
En el medio de todo esto, me puse a pensar bien y tuve que aceptar que tenía que tomar otra decisión (como si la decisión de elegir una puta carrera que no odiara no hubiese sido lo suficientemente difícil ya): tenía que elegir un plan b, porque existía la posibilidad (grande) de que yo no fuese una de las 90 ingresantes del 2018. Ya sé que soy muy negativa y que no confío en mí misma, pero cómo me iba a tener fe si me vivieron contando historias de gente que trató de ingresar cuatro años seguidos y no pudo o que no pasó por dos puntos?? No es fácil ser la persona que tiene suerte, y mucho menos si sos Agustina y te va como el culo en la vida desde los seis años. Entonces agarré y, como la adulta que se supone que soy, me fui a anotar a la UBA; también en traductorado aunque estuve re negada por dos años porque derecho no me cabía, pero lo terminé aceptando. Al final, el plan b me pareció más atractivo que el plan a y hasta pensé en no ir a rendir el oral y que se vayan a la mierda todos, pero fui porque qué se yo, si no iba a pasar por lo menos quería saber por cuántos puntos.
Al oral fui cantando Todo me chupa un huevo de El Dipy más o menos, ya tenía las bolas llenas y además nadie tenía idea de qué nos iban a tomar, era como un sorteo de bolillas de la Quiniela. Encima al llegar estaban los pendejos a los gritos y con las batucadas por la pelotudez del último primer día (porque ese lugar también es colegio secundario) y estuve cuarenta minutos esperando a que llegara una profesora y una hora más esperando que los pibes dejaran de hacer quilombo. Ahí sí tuve claro que me iba a ir mal porque no sé hablar bien, me pongo nerviosa, me trabo y pronuncio feo. No puedo mantener una conversación en mi idioma, mirá si voy a poder en otro. Me tocaron unos temas de mierda (trabajo y estrés, jaja salu2) en los que no me pude expresar con la fluidez que hubiese querido y sonó todo muy horrendo. Volví a mi casa con cero expectativas y con mucha hambre.
Al poco tiempo publicaron en internet los resultados y, sí, como yo ya predije, no ingresé. POR TRES PUNTOS. Me saqué 80.5 y entraron a partir de 83. Sentí bronca por llorar tanto al pedo, pero, a la vez, alivio porque ya le tomé cariño a la UBA y si llegaba a ser una de las pocas privilegiadas que entraba a ese instituto pedorro yo no iba a ir y ya le quitaba la vacante a alguien. Así que bueno, estoy satisfecha.
Y así amiguitos terminan mis aventuras llenas de dolor y sufrimiento. Ahora sólo voy a tener que ir hasta Puan y de nuevo rendir exámenes de ingreso, sólo que esta vez tengo tres oportunidades para darlo y no tengo que tener un puntaje de puta madre para entrar a la carrera. No olviden volver a este blog para leer todo el sufrimiento que me va a consumir el resto de este año, pero bueno, por lo menos no me están explotando por dos mangos en un McDonald's. Ah, y no se queden pelados de la ansiedad como yo.
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