16 de octubre de 2018

Marchita

Hay días en los que todo cuesta mucho, muchísimo más de lo que debería. Días en los que me despierto y siento como si me hubiesen pegado una patada en la boca del estómago, o como si tuviese cables enredados en el medio del cerebro, o algo atrapado entre las costillas que amenaza con salir violentamente y partirme el pecho. Es angustia, por ningún motivo en particular; simplemente me despierto sintiéndome así. Esos días existen mil opciones de cosas que pueda llegar a pensar o sentir, todas malas. He llorado en la mesa de la cocina, mientras almorzaba, he llorado mientras me bañaba, he llorado en las aulas de la facultad y en el transporte también. He llorado horas y horas hasta deshidratarme y terminar temblando en el piso, con pánico no de morir, sino de seguir viviendo así por siempre. A veces me puedo quedar en mi casa, otras veces no queda otra que salir, eso cuesta un poco más. La gente me dice, siempre con buena intención, "no te pongas mal"; pero es porque no saben. No saben lo que es mirarte al espejo y sentir que no hay nada que odiás más que eso que ves reflejado, que sos vos. No saben lo que es compararse inevitablemente con todos los demás, porque la chica de al lado siempre es más linda, porque él estudia y trabaja a la vez y parece todo tan fácil, porque otro a tu edad ya hacía una cosa que vos no serías capaz de hacer nunca; porque al lado de cualquiera sos la nada misma. Mis amigos se juntan, se divierten, se ríen y se entienden entre ellos; yo siempre estoy al margen, observando algo de lo que no logro ser parte completamente. Tal vez por eso pongo excusas para no ver a nadie y me quedo en mi casa escuchando canciones de cuando todo era más fácil, de cuando podía correr a los brazos de mi mamá y sentir que era suficiente para alguien en el mundo. Tal vez no soporto sentir que todos tienen algo que a mí me falta. A veces digo que extraño ser lo que solía ser, ¿pero qué solía ser? Siempre me sentí terriblemente incompleta, como si hubiese venido con algo roto adentro. Siempre fui esto. Tengo miedo de siempre ser esto. Son las cinco de la mañana y me cuestiono muchas cosas. Siento mucha culpa, siento que podría ser tantas cosas que yo misma me impido ser y que por eso decepciono a tantas personas. Y es que creo que, en realidad, ya no tengo esperanzas para mí. No hay nada que me motive a hacer algo. Estudio porque tengo que hacerlo, porque ser una profesional en algo es lo que se espera de mí. Vivo porque ya estoy acá, pero a veces estoy tan cansada. A pesar de tener pequeñas cosas que me alegren, como la música o las flores que crecen en mi jardín, nada de eso va a completarme, y creo que nada tiene sentido en realidad. El amor se acaba, los amigos se van, la familia muere. Y uno siempre está solo en el ojo de la tormenta que es la vida. La existencia pesa, pero es una carga de la que no me puedo deshacer. Sólo espero tener un poco de paz, ser capaz de aguantar, de aguantarme el tiempo que me quede.

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